Urbanismo y participación ciudadana
Javier Vergara
“Las calles son un laboratorio de confianza”
Hace quince años, el arquitecto Javier Vergara tuvo una idea que a nadie le hizo sentido: sacar las mesas de un edificio, cortar el tránsito y organizar una cena comunitaria en plena calle. El propósito era provocador: demostrar que una vereda o una calzada podían convertirse en el escenario de un encuentro entre vecinos que nunca se habían hablado. Cuando pidió los permisos municipales, la respuesta fue una mezcla de desinterés y desconfianza. «No era algo que se hacía. ¿Por qué lo iba a hacer?», recuerda.
Pero Javier insistió. Desde Ciudad Emergente, la fundación que dirige, se dedicó a probar metodologías de urbanismo táctico —intervenciones rápidas, participativas y de bajo costo— para transformar espacios públicos en lugares de encuentro. Lo que partió como un experimento sin referentes locales fue ganando terreno: reportajes en prensa mostraron cómo las calles de Bellavista y Bellas Artes se llenaban de color y de gente. Cinco años después de esos primeros ensayos, aparecieron las primeras licitaciones públicas con metodologías de urbanismo táctico en ChileCompra, la plataforma donde el Estado publica sus contrataciones. Que figuraran ahí significaba que el sector público las reconocía como un servicio legítimo. Para Javier, fue una victoria silenciosa: la innovación urbana dejaba de ser una rareza y empezaba a tener un lugar en la institucionalidad.
Hoy, Ciudad Emergente trabaja en más de cuatro regiones del país con un foco que se ha ido afinando: las calles para la infancia. Son metodologías para recuperar los entornos escolares y hacerlos más seguros para niños y niñas, transformando el espacio alrededor de los colegios en zonas donde jugar, caminar y encontrarse sea posible sin riesgo. «Cuando uno hace estas intervenciones, son para todos —madres, padres, jóvenes—, pero hay un impacto directo en la infancia», explica Javier. El trabajo incluye además una propuesta de cooperación internacional con la Universidad de Harvard y más de 36 municipios de Perú para transferir estas metodologías de ciudad para la infancia, con el apoyo de ONU Hábitat y la fundación de origen mexicano FEMSA.
Pero cuando llegó la invitación a ser parte de la Red de Impacto de Fundación Colunga, Javier estaba en un momento de tensión. Ciudad Emergente funcionaba, tenía resultados concretos, pero enfrentaba un nudo que, según él, conocen bien las organizaciones que innovan desde la sociedad civil: ¿quién paga por esto? «El financiamiento público opera a través de licitaciones rígidas que dejan poco espacio a la experimentación», describe. «El mundo privado aporta, pero es limitado. Y en Chile se castiga el error. Somos aversos al riesgo: si las cosas no funcionan, las castigamos, y no incentivamos que las personas se atrevan a hacer cosas distintas».
El programa de liderazgo, enfatiza, le ofreció algo que no tenía: un espacio para detenerse. «Yo estaba en el día a día haciendo, haciendo, haciendo. Los espacios del programa me permitieron hacer una pausa y preguntarme por qué lo estoy haciendo, cómo lo estoy haciendo, cómo debería cambiar la forma en que lo hago». Fue un punto de inflexión. Antes del programa, Ciudad Emergente era buena planificando y ejecutando proyectos. Después, Javier dice que empezó a distinguir entre planificar y tener una estrategia. «Las buenas ideas no cambian el mundo; las organizaciones cambian el mundo», repite, como un mantra que trajo de Stanford, donde realizó su pasantía internacional en un programa ejecutivo para líderes de organizaciones sin fines de lucro.
De ese viaje volvió también con una convicción sobre el poder de las historias. «Por muchos datos que recojamos, si no los anclamos en historias concretas de personas —cómo le afecta la vida al señor Juan Carlos, a la señora Juanita—, es muy difícil que lo que hacemos convenza a un alcalde o genere cambio. Las decisiones pasan por emociones, no solo por datos».
La Red de Impacto, además, le abrió puertas laterales: conocer las iniciativas de otros convocados al programa de liderazgo. Con Nicolás Vázquez, que trabaja en ópera, con Carolina Ramírez en música, con Francisca Elgueta en educación, Javier fue tejiendo vínculos inesperados. «Con distintas personas he logrado generar un doble clic para ver cómo empezamos a hacer cosas en conjunto». También encontró aliados directos: organizaciones de la red que trabajan en infancia, como Escala Común y la Corporación Ciudades, con quienes proyecta potenciar las calles para la infancia a mayor escala.
Y ahí aparece la ambición que la pasantía reactivó: El Gran Malón. Un proyecto que antes de la pandemia reunía a más de 25 mil personas en un solo día, en más de 150 lugares a lo largo de Chile, para ocupar las calles y compartir entre vecinos. La evidencia muestra que esas jornadas reducían el crimen en un 23% y multiplicaban por seis la confianza entre los participantes. El COVID, el estallido social y la crisis de financiamiento de las fundaciones lo paralizaron. Ahora, Javier quiere relanzarlo.
«La desconfianza interpersonal en Chile es crítica», dice. «Si vas donde una alcaldesa y le propones un proyecto con tal empresa y tal ONG, lo primero que pregunta es de qué color político son. Esa desconfianza impide que las ideas prosperen». El Gran Malón, en su lógica, es una respuesta concreta a ese problema estructural: una fiesta ciudadana que demuestra que compartir la calle con desconocidos puede ser el primer paso para reconstruir lo que se ha roto.
En Stanford, mientras escuchaba sobre estrategia y escala, Javier pensaba todo el rato en lo mismo: «¿Cómo bajamos esto a la nueva versión del Gran Malón?». La pregunta ya no es solo de Ciudad Emergente. Es de una red que funciona, dice, como una tribu donde la confianza se construye entre pares. «Es muy poco probable que personas que no se conocen terminen haciendo proyectos que cambien algo. Acá al menos está la fórmula para poder hacer cosas».
«Las buenas ideas no cambian el mundo; las organizaciones cambian el mundo. Y si no logramos transformar lo que hacemos en historias que generen emociones, es muy difícil que convenzamos a un alcalde o generemos cambio».