El colegio es un laboratorio de lo posible

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27 de marzo, 2026

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Max Ortúzar
Director Colegio CREE

En febrero de 2016, un grupo de profesionales veinteañeros abrió las puertas del colegio CREE en Cerro Navia. No cobraban matrícula, ni pedían aportes a las familias cuyos hijos asisten. Funcionaban con el financiamiento del Estado y algunos aportes de privados, pero con una meta a futuro clara: demostrar que con la pura subvención estatal podía hacerse educación de excelencia. Una década después, ese colegio —gratuito, de prekínder a cuarto medio, científico humanista, con 1.045 estudiantes hoy— está a punto de graduar a su primera generación de cuarto medio. Y con ella, a la apuesta entera.

El colegio trabaja con niñas, niños y jóvenes de una de las comunas con peores resultados educativos de la Región Metropolitana. Cuando sus fundadores llegaron, había apenas cuatro colegios con enseñanza media científico humanista para toda la comuna. La mayoría tenía que salir a estudiar afuera o resignarse a una oferta precaria. El proyecto nació para corregir eso: entregarles las herramientas académicas, socioemocionales y valóricas para llegar a la educación superior, sostenerse ahí y cambiar la trayectoria de vida de cada uno.

Max Ortúzar, licenciado en filosofía, profesor de enseñanza media y doctorado en liderazgo, es uno de los cofundadores y, hoy, el director. Su historia con la educación empezó al salir de la universidad, cuando entró al programa Enseña Chile e hizo clases dos años en Colina y Pudahuel. Ahí conoció a los colegas que después serían sus socios, y ahí se instaló en él una contradicción: un entusiasmo enorme por lo que un profesor puede hacer en la vida de un estudiante —»cambiar trayectorias, emparejar la cancha, traer justicia social», dice— y una frustración igual de grande con un sistema que «juega en contra» de los docentes.

El giro ocurrió en una pasantía en India. Entre conversaciones largas les quedó resonando una frase de Gandhi: sé el cambio que quieres ver en el mundo. Volvieron a Chile con la incomodidad de que ya no alcanzaba con quejarse. Tenían entre 26 y 28 años. «Cuando otros soñaban con poner un bar o con hacer una app, nosotros soñábamos con hacer un colegio», dice.

Eligieron Cerro Navia por tres razones: la escasez de oferta educativa, la vulnerabilidad de la comunidad y algo pragmático: que fuera accesible, para poder atraer y retener a buenos profesores. Había un terreno disponible a través del SERVIU y comités de allegados organizándose para conseguir vivienda. De ese trabajo conjunto salió la confirmación de que ahí hacía falta un colegio, y el permiso para levantarlo.

Diez años después, el modelo tiene tres sellos: trabajo comunitario estrecho con las familias; un currículum de desarrollo socioemocional robusto que no se declara sino que se hace —»dedicamos un 51% a formación socioemocional y un 49% a formación académica»—; y calidad docente como eje de todo. «Con buenos profesores, todo lo demás funciona», resume.

Pero el proyecto nunca fue solo un colegio. Desde el primer día estuvo pensado como laboratorio de política pública. La decisión de no cobrar a las familias y no recibir aportes privados no era una restricción: era el método. «Si logramos resultados de excelencia con los mismos recursos que cualquier otro colegio subvencionado, significa que cualquier otro podría hacerlo», plantea Max. Lo que están construyendo es una prueba empírica de que el déficit educativo de los barrios vulnerables no se explica por falta de plata del Estado, sino por cómo se usa. Un argumento incómodo, porque deja a todos —instituciones, sostenedores, autoridad— sin la excusa más cómoda.

Por eso la escalabilidad no es una ambición lateral: es la razón de ser. Max sueña con que el modelo se replique, con una red de colegios que compartan esos tres sellos, y con que los aprendizajes de Cerro Navia sirvan a quienes toman decisiones de política educativa no como consultoría, sino como evidencia.

La primera generación se gradúa a fin de año y con eso viene la prueba de fuego: ver cuántos entran a la educación superior y —lo más difícil— cuántos logran sostenerse ahí. Para Max el éxito no es la matrícula, es el momento en que un egresado termina una carrera y vuelve a su barrio con otras herramientas, otras redes, otra capacidad de incidir en lo que le pasó a él y a su familia. Es ahí donde el colegio empieza a cobrar lo que sembró.

Hay otra cosa que lo desvela: la tecnología. La irrupción de la inteligencia artificial llegó a un sistema que ya venía corto en formación digital. «Como país estábamos 10 pasos atrás, y ahora estamos 20 pasos más atrás», plantea. El problema se vuelve más agudo en un barrio vulnerable, donde la brecha de acceso se suma a la brecha en cómo usarla. «Si un estudiante de un colegio de élite aprende a usar la IA para potenciar su pensamiento, y un estudiante de Cerro Navia solo la usa para copiar tareas o ni siquiera accede bien, lo que era una brecha educativa se convierte en un abismo cognitivo». Por eso la pregunta, para él, no es cómo impedir que los alumnos la usen, sino cómo enseñarles a usarla para pensar más, no menos.

El programa de liderazgo Colunga llegó a Max cuando el colegio ya estaba consolidado pero con un techo a la vista. Junto con conocer a pares que desde distintos proyectos trabajan por derribar las desigualdades en Chile, con quienes ha comenzado a tejer una red de confianza y apoyo, Max accedió a una pasantía internacional para ver modelos que sirvieran de referencia e inspiración. Viajó a Estonia y a Londres. En Estonia vio cómo un sistema educativo entero está abordando la IA con una claridad que en Chile aún no existe. En Londres, en Eton College, encontró un centro de investigación aplicada donde académicos y profesores trabajan juntos en sala, poniendo a prueba teorías de las ciencias cognitivas. Una idea que quiere pilotear en Chile.

Volvió con algo menos tangible. El recordatorio de que el líder es prescindible, que lo que sostiene a una organización no es la figura que la encabeza sino la causa. Para un colegio que quiere durar cien años, esa es una tarea concreta.

Mientras tanto, el trabajo diario sigue siendo el mismo: que cada niña y cada niño que entra encuentre un espacio seguro para vivir su infancia, y que el talento que traen no se pierda por falta de acceso. Max lo piensa también a una generación de distancia: «Uno de los factores más predictivos del éxito educativo de un niño es el nivel educacional de sus padres. Si logramos que esta generación llegue bien preparada a la adultez, sus hijos van a tener mejores padres, mejor acompañamiento, mejores trayectorias». Una escuela que cambia la vida de un niño hoy cambia, de paso, la vida de su hijo mañana.

“Si un estudiante de un colegio de élite aprende a usar la inteligencia artificial para potenciar su pensamiento, y un estudiante de Cerro Navia solo la usa para copiar tareas, lo que era una brecha educativa se convierte en un abismo cognitivo”.