Espacio público y niñez
Piera Medina
Fundadora y directora ejecutiva de Fundación Escala Común
“Lo que los niños piensan, sienten y perciben de su entorno es relevante al momento de diseñar la ciudad”.
Cuando Piera Medina —arquitecta de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y magíster en Desarrollo Urbano de la Universidad Católica de Chile— llegó a hacerse cargo del diseño urbano de un proceso de renovación de un barrio en Valparaíso, el diagnóstico ya estaba ejecutado. Ella solo tenía que diseñar a partir del levantamiento de otros. El proyecto buscaba crear espacios públicos de encuentro para la comunidad, pero al revisar los antecedentes encontró algo que no podía ignorar: el barrio tenía una alta población infantil, las niñas y niños aparecían en todas partes durante el levantamiento —jugando, mirando, rondando los terrenos— y, sin embargo, no habían sido incluidos en ningún momento del proceso participativo. Se estaba diseñando el espacio de toda una comunidad sin escuchar a quienes más lo habitaban. Ese momento encendió en ella algo que no se apagó más. La motivación por hacer ciudades más amigables para la niñez y hacerles partícipes de ese proceso.
Hoy Piera dirige Fundación Escala Común, donde arquitectas y urbanistas realizan investigación aplicada sobre infancia, cuidados y desarrollo urbano. Su propósito es tan claro como poco explorado: posicionar la perspectiva de la niñez como un argumento técnico válido en el diseño de las ciudades. No como un gesto amable, sino como una variable estructural. “Lo que los niños piensan, sienten y perciben de su entorno es relevante al momento de diseñar la ciudad”, dice.
La evidencia que maneja Escala Común es contundente, pero poco conocida. Las niñas y niños respiran cuatro veces más contaminación que los adultos porque sus pulmones están en desarrollo y caminan exactamente a la altura de los tubos de escape. El camino para llegar a una plaza, a menudo, está lleno de peligros. Chile tiene algunos de los índices más altos del mundo en obesidad infantil y salud mental deteriorada en niños. “Los abordamos desde intervenciones específicas, pero nunca integradas”, señala Piera. “Y no nos estamos dando cuenta de que al no abordar esto de forma sistemática, estamos construyendo las bases para una adolescencia compleja”.
Lo que está en juego, sostiene Piera, no es solo el bienestar inmediato de la infancia. Niñas y niños que crecen en ciudades hostiles, sin espacios de juego accesibles, sin autonomía para moverse en su barrio, sin ser escuchados, son niños que llegan a la adolescencia sin herramientas socioemocionales. Y cuando esa generación se convierta en los ciudadanos que tomen decisiones, se traducirá en una sociedad más frágil, con menos capacidad de empatía, innovación y cohesión. “La educación no puede avanzar si no va de la mano con la salud mental, con el desarrollo de habilidades blandas, con cómo y dónde está situado ese colegio, cómo las niñas y niños entienden que hay un espacio que lo acoge, que es respetuoso con él, que es amable”, reflexiona. “No nos damos cuenta, pero las niñas y los niños están tomando nota de todo”.
La fundación trabaja en dos frentes simultáneos. Por un lado, abre preguntas de investigación que antes no existían en los estudios urbanos. Por otro, busca que esos hallazgos se traduzcan en lineamientos concretos de diseño y planificación territorial. Piera no pretende construir ciudades sola, ni competir con otros, sino moverle la brújula al Estado. Generar el conocimiento y la reflexión que este no alcanza a producir desde su lógica normativa, y devolvérselo para que las cosas ocurran.
Ese horizonte de largo plazo choca, sin embargo, con una realidad cotidiana exigente. La operación de Escala Común depende de fondos concursables públicos, alianzas académicas y organismos internacionales. Es un modelo que obliga a reinventarse proyecto a proyecto, sin la certeza de continuidad. Fue en ese contexto que llegó la invitación a ser parte del programa de liderazgo que impulsa Colunga y que integran otras 14 mujeres y hombres que llevan proyectos que desde la sociedad civil están proponiendo soluciones innovadoras a los desafíos que se viven en Chile. Para Piera, que lleva años liderando un trabajo muchas veces silencioso, la oportunidad fue un espacio distinto a cualquier otro. “A este grupo, en este programa, no vienes a contar tus galardones”, recuerda. “Es como desnudarte con tus pares, compartir lo que implica realmente levantar esto desde la guata, los baches, no solo los logros”.
El programa incluyó una pasantía que hizo junto a Valentina Peri, de Casa del Encuentro, con quien venía resonando en temas comunes, aún cuando se conocieron en este mismo. Esas dos semanas en las que juntaron sus mundos —la espacialidad urbana y la salud mental— pudieron observar cómo otros países han resuelto lo que Chile todavía no logra articular. En Inglaterra, lo que más le impactó no fue la infraestructura sino una actitud cultural. “Tenían un dicho: nada es tan importante como para andar tan rápido”, cuenta. “Y yo lo veía. Las madres con los niños iban a otro ritmo. Acá en Chile andamos demasiado rápido. Somos una sociedad muy violenta, muy acelerada”.
Lo que observó en Europa habla de algo más profundo que la inversión en infraestructura. Un año antes, en Alemania, vio que la planificación urbana parte desde la niñez: el colegio tiene que quedar en el barrio, caminable desde la casa y todo orbita en torno a los sistemas familiares. Lo mismo observó durante su pasantía en UK y Dinamarca. “Nosotros llegábamos y les contábamos los índices de obesidad infantil que tenemos en Chile y no lo podían creer. Y cuando les preguntábamos cómo justifican la importancia del juego en el desarrollo infantil, y cómo lograron incluirlo en políticas públicas, la respuesta era concreta, todo recae en entender a la infancia y lo que es importante para ellos” ”. Pero lo que también descubrió es que esa naturalidad no fue siempre así. En esos países, la instalación cultural del juego y los cuidados como ejes de la planificación urbana fue un proceso largo, impulsado en buena parte desde la sociedad civil y la articulación interdisciplinar entre ciencia, educación, salud, cultura, y también, la neuroarquitectura. Allí, los sistemas de soporte a cuidadores en primera infancia son integrales: no se limitan a la lactancia materna, sino que abarcan todo el ecosistema familiar. Esa integralidad —pensar las cosas de forma holística— es, para Piera, el factor más urgente de traer a Chile.
De vuelta en el país, la convicción de Piera es que el cambio no puede venir solo de una fundación, ni de varias. Tiene que venir de una red que hable con una voz común y empuje al Estado en la misma dirección. “Nosotros no tenemos el músculo ni el financiamiento para hacer ciudades”, dice con claridad. “Lo que sí podemos hacer es acompañar, apalancar y guiar la labor del Estado para que lo entiendan ellos, y que esto deje de ser una banderita y se vuelva algo absolutamente evidente”. Persistente y consistente: esas son las dos palabras con las que Piera resume lo que Escala Común puede aportar a la vida de los niños y niñas de Chile.
“Tenemos que volver a aprender a mirar a los niños. Cuando trabajamos en procesos de escucha con ellos, siempre nos dicen: qué bacán que me quieran escuchar. Cosas tan sencillas. Y eso nos debería interpelar profundamente como sociedad”.