Las comunidades no participan de nuestros proyectos: son las protagonistas

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28 de marzo, 2026

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Mayling Yuen
Directora de proyectos de La Ciudad Posible

En la provincia de Chiloé, todos los vertederos municipales están a punto de colapsar. Si cierran —y la proyección dice que lo harán en un par de años—, la isla enfrentará una crisis sanitaria. Pero en ese mismo archipiélago, un grupo de artesanas de Puqueldón —una isla pequeña dentro de Chiloé— que hace cinco años no se conocían entre sí hoy reciclan plástico recuperado de las costas, lo combinan con fibras locales como la manila y la madera, y venden sus creaciones bajo una marca propia: Isla Bonita. A pocos kilómetros, propietarios de predios rurales que integran la Red de Turberas de Chiloé, se unieron para proteger las turberas, estos humedales que almacenan carbono y proveen de agua dulce a toda la provincia.

La Ciudad Posible es una fundación —constituida también como cooperativa— dedicada a trabajar con comunidades y territorios para impulsar economías circulares, regenerativas y bajas en carbono. Nació en Argentina; la ingeniera ambiental chilena Mayling Yuen, junto a 5 socios levantaron la operación chilena en 2016 y en 2019 formalizaron la fundación. No es una consultora ni una empresa: es una organización de la sociedad civil que se financia con proyectos públicos, fondos concursables y alianzas con empresas privadas comprometidas con un propósito ambiental de largo plazo. Yuen venía de trabajar doce años en Casa de la Paz —una de las fundaciones ambientales más antiguas de Chile, pionera en diálogo entre empresas, comunidades y Estado—. Esa experiencia la marcó: aprendió que los problemas ambientales no se resuelven desde un escritorio, sino articulando actores que normalmente no se comunican.

Ese es precisamente el método de La Ciudad Posible: la cocreación. “Muchas veces las decisiones se toman sin la información necesaria, y el puente para conectar a quienes deciden cosas críticas para un territorio con los que padecen el problema está cortado”, explica Yuen. “Nosotros buscamos generar esa conexión”. El equipo —hoy en proceso de crecimiento— no llega a un territorio a imponer soluciones: parte por conocer, escuchar, validar los problemas y también las posibles soluciones con los actores locales y desde ahí diseñar acciones conjuntas que se prueban, se evalúan y solo entonces se escalan. En Chiloé llevan cinco años con ese enfoque. Llegaron a través de una alianza con SC Johnson —la multinacional de productos de limpieza—, que buscaba un programa de responsabilidad social vinculado al retiro de residuos del mar, desde ahí nace el programa Recupera y Transforma, ejecutado en Chile y Argentina. Para iniciar este programa en Chile, La Ciudad Posible validó la iniciativa con la Seremi de Medio Ambiente de la Región de Los Lagos, con el programa Chiloé Reduce y con el municipio de Puqueldón y desde ahí empezó a tejer la red, ya hace cinco años.

El primer año, en Puqueldón, se encontraron con cinco artesanas que ya recuperaban plástico de las costas por cuenta propia, pero trabajaban aisladas. A través del Programa Recupera y Transforma, La Ciudad Posible pudo conectar con su trabajo, les entregó máquinas de reciclaje y comenzaron un trabajo articulado entre ellas. El segundo año las artesanas ya se habían organizado como colectivo, se les apoyó en la definición de un modelo de negocio y de una marca: Isla Bonita. Ya para ese entonces el programa se había expandido a tres comunas. Desde el tercer año la cobertura creció a toda la provincia, sumando aliados como Badinoti —empresa que gestiona redes de pesca en desuso, uno de los grandes residuos que contaminan las costas del archipiélago—, emprendedores regenerativos apoyados por un programa ejecutado con el apoyo de Corfo Los Lagos y la Red de Turberas de Chiloé. Hoy el programa incluye también educación ambiental para niños y niñas y una campaña “Limpieza en un Día” organizada junto a diversos municipios de Chiloé y de la Región de Los Lagos. Para el Día Internacional de Limpieza de Playas, la actividad logra congregar a más de mil voluntarios, recuperar cerca de 20 toneladas de residuos para ser reciclados y articular a más de 30 organizaciones aliadas en una misma causa.

En 2020, Yuen tomó una decisión que reconfiguró su vida: migró con su familia de Santiago a Puerto Varas. Ganó cercanía con los territorios donde trabaja, pero perdió la red profesional que la sostenía. “Es distinto vivir en Santiago que en el sur. Uno queda bastante aislado”, reconoce. La Ciudad Posible, además, tenía un desafío pendiente: su trabajo en circularidad y reciclaje estaba consolidado, pero la línea de economías regenerativas no iniciaba su escalamiento en Chile.

En ese contexto llegó la invitación al programa de liderazgo para convertirse en Fellow Colunga. La pasantía internacional la llevó a Costa Rica, donde conoció experiencias concretas de economía regenerativa y organizaciones que ya estaban aplicando esos principios hace décadas. Pero lo que más la marcó, dice, fue el espacio humano: encontrarse con otros líderes de la sociedad civil que compartían las mismas preocupaciones, presiones y descubrir que el autocuidado no era un lujo sino una condición para liderar bien. “No hablamos de servicios o modelos de negocios, sino que nos preguntábamos ¿qué es lo que te mueve en tu vida? ¿Cuál es tu propósito? ¿Cómo podemos colaborar?”, cuenta. Esta reflexión se plasmó en un nuevo eje del plan estratégico de La Ciudad Posible: cultura regenerativa, que aplica al equipo interno la misma lógica que predican hacia afuera —cuidado, conexión con el propósito, bienestar como base del trabajo—.

Hoy Yuen terminó un Diplomado de Regeneración y está próxima a iniciar uno nuevo, esta vez en agroecología en Chiloé y postula proyectos con foco en regeneración en varias regiones, con la meta de que en dos años La Ciudad Posible tenga en Chile la misma solidez en esa línea que ya tiene en Argentina. La cooperativa trabaja para que sus profesionales puedan convertirse en socios —porque si la organización pide participación a las comunidades, dice Yuen, tiene que empezar por practicarla internamente—. Y el vínculo con la niñez atraviesa todo: desde la conexión de la naturaleza y su cuidado en los colegios de Chiloé, hasta la convicción de que el trabajo ambiental es, en el fondo, un trabajo por las condiciones de vida de las próximas generaciones. “Si no tenemos un ecosistema que haga viable la vida, no hay bienestar posible”, dice. “Niñas y niños más conscientes de su entorno va a permitir que podamos tener un mejor vivir”.

“Con un proyecto de seis meses no logro nada. Si entramos y salimos de un territorio, no alcanzamos a conocernos, no alcanzamos a entender los problemas. Por eso apostamos por relaciones de largo plazo con las comunidades”.