Educación

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27 de marzo, 2026

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Hugolino González
“Los niños pueden transformar el mundo. No es un discurso bonito, es lo que está pasando”.

Cuando hace más de dos décadas Hugolino González llegó a la Escuela Novomar —fundada por su madre, pionera en integración escolar—, en la zona sur de Puente Alto, se encontró con una realidad que el sistema educativo prefería no mirar de frente: niñas y niños en condiciones de extrema vulnerabilidad, expulsados o excluidos de otros establecimientos, viviendo en entornos marcados por la violencia. La escuela, lejos de ser un refugio, replicaba esa misma lógica. “Yo en vez de enfocarme en lo clásico, en las explicaciones sobre la pobreza y lo que pasa fuera de la escuela, me concentré en observar cómo la propia escuela era parte del problema”, recuerda.

Su primera intuición fue radical: había que desmontar el régimen de castigos. Niñas y niños violentados en sus barrios y familias llegaban a un espacio que volvía a sancionarlos. Durante más de una década, Hugolino trabajó en transformar la convivencia escolar, pasando de un modelo jerárquico a uno horizontal y restaurativo, desafiando la lógica del sistema educativo chileno. “Entendí que el acto de reparar es mucho más activo que el acto pasivo de recibir un castigo”, explica. Hoy, Novomar es reconocida como referente en convivencia en Puente Alto, sin denuncias ante la Superintendencia y con un modelo donde las propias niñas y niños acogen a quienes llegan: un niño haitiano que no habla español, un estudiante TEA que en otros colegios no encontró lugar.

Pero antes de llegar a obtener logros, el camino, dice, fue hostil. El Ministerio de Educación les exigía resultados académicos mientras Hugolino insistía en crear primero condiciones para que los niños pudieran aprender. Los vecinos, asegura, no los querían. “Los medios nos retrataban como ‘la escuela de los niños malos’”. Y cuando lograba avances en convivencia, las familias se llevaban a sus hijos a otros colegios con “menos niños problemáticos”. Novomar funcionaba como un proyecto de transición invisible: reinsertaba niños al sistema escolar y luego los perdía. “Estábamos en una trampa. Mis mejores estudiantes se iban, y se quedaban los que sabían que no iban a estar en ningún otro lugar”, cuenta.

La pandemia, paradójicamente, fue el quiebre. Con la matrícula en su punto más bajo y la amenaza de cierre, Hugolino le propuso a su comunidad una apuesta: si la realidad anterior siempre había sido desventajosa, ¿qué pasaría si creaban una nueva? Novomar fue la única escuela en Chile que hizo clases en los territorios durante el confinamiento. Pasaron de 124 estudiantes en marzo de 2020 a 330 en 2021. Así nació formalmente el aprendizaje nómada.

En la práctica, funciona así: cada miércoles, los niños y niñas salen de la escuela a desarrollar proyectos pedagógicos comunitarios en un ecosistema de cerca de 30 organizaciones territoriales. Cocrearon experiencias en el cerro La Ballena de Puente Alto junto a organizaciones medioambientales juveniles —observación de flora y fauna, campañas de reforestación, limpieza de espacios públicos—, todo articulado con el currículum. Los propios estudiantes diseñaron e inauguraron la Novoteca, una biblioteca móvil que recorre plazas y multicanchas de la comuna para promover la lectura en los barrios donde viven. El docente, en esta lógica, deja de ser quien dicta contenidos y pasa a ser lo que Hugolino llama un “arquitecto de campo”: alguien que diseña las condiciones para que el aprendizaje ocurra en contacto con la realidad.

Cuando Fundación Colunga lo invitó a integrarse al programa Red de Impacto, Hugolino asegura que llevaba años trabajando en una soledad combativa. Había construido algo poderoso, pero sin interlocutores que lo reconocieran. “Antes de la formación en Colunga, mi trabajo había sido bien solitario, encerrado acá en Novomar, tratando siempre de sobrevivir”, admite. El programa le abrió una dimensión que no había explorado: entender su propio liderazgo. Él, que se definía como un “antilíder”, logró reconciliarse con la idea de dirigir sin traicionar los principios de creatividad colectiva y horizontalidad que había defendido siempre. “Hoy tengo mi propia definición de liderazgo, que viene de esta experiencia nómada. No son las definiciones tradicionales que a mí no me resonaban”, afirma.

La pasantía en España, parte del programa, fue un acelerador. En Burgos firmó un convenio con la Fundación Atapuerca, el yacimiento arqueológico más importante de Europa. La conexión no es obvia —¿qué tiene que ver una escuela de Puente Alto con la paleontología?—, pero para Hugolino fue reveladora: Atapuerca habla de recuperar la conciencia de especie, y él encontró ahí un marco para situar el aprendizaje nómada en perspectiva evolutiva. En Bilbao, Barcelona y Madrid conoció Mondragón Team Academy y contactó a SASPI, que fortalece comunidades en uno de los distritos más empobrecidos de Bilbao.

Hoy, Novomar tiene un Índice de Vulnerabilidad Escolar de 98,6%, el 60% de sus estudiantes tiene algún tipo de diagnóstico, y ha mostrado mejoras significativas en los cuatro últimos SIMCE. Hasta 2019 no tenía estudiantes migrantes; dos años después, eran 66%. “La riqueza que aportan es maravillosa”, dice Hugolino. La escuela no tiene sala de computación ni biblioteca propia, pero accede a bibliotecas comunitarias, infraestructura municipal y a todo un ecosistema territorial que funciona como extensión del aula.

Lo que Hugolino plantea es, en sus palabras, radical: una nueva arquitectura educativa donde la escuela deje de ser un átomo aislado y se convierta en un organismo vivo conectado con su territorio. Y remata, encendido: “Estoy diciendo que una pedagogía puede permitir que los niños, en tiempo presente, aprendan actuando en el mundo y transformándolo”.

“(En esta escuela) Creamos una arquitectura donde el niño sí tiene centralidad. Los niños de Novomar están transformando sus barrios en tiempo presente. No es un proyecto de adulto futuro: ellos pueden transformar el mundo ahora”.