Me gustaría un Chile en el que todos nos sintamos vistos, respetados y valiosos
Filantropía
Emilia González
Se define a sí misma como “Ingeniera comercial de formación e inconformista de corazón”. “El trabajo en sociedad civil y el sector público han sido la forma de canalizar esta mezcla”, explica Emilia González, quien reflexiona: “el cambio social no pasa sólo por declararlo, sino por organizaciones capaces de realizarlo y apoyar a quienes están en primera línea, y mis roles siempre han tenido que ver con buscar mejores maneras para que estas organizaciones logren cumplir su misión”.
A lo largo de su carrera, ha transitado por distintas temáticas de niñez, partiendo por La Protectora de la Infancia, la Fundación Chile y el Sename en su período de cierre, desde roles de desarrollo, implementación y estrategia. Actualmente, dirige el Centro de Filantropía e Inversiones Sociales de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez (CEFIS UAI), donde cuenta que tiene “la oportunidad y desafío de influir estratégicamente en el ecosistema de la filantropía, en Chile y Latinoamérica, promoviendo una forma colaborativa, osada en transformaciones sociales y ambientales, abierta al cambio y los desafíos globales, participativa, consciente de su poder, limitaciones e impacto”, señala.
Invitada a ser parte de la segunda generación de la Comunidad de Liderazgo Colunga, y participar de una pasantía internacional en la Universidad de Harvard, ya de vuelta de esta experiencia cuenta que sus expectativas fueron “superadas con creces. Hubo un muy buen diseño de cada una de las etapas que pasaron”, recuerda.
¿Cuál es tu visión del Chile actual y dónde crees que están los principales nudos críticos sociales?
Le tengo fe a Chile. Creo que, aunque a veces tendemos a pensar en que todo se está cayendo a pedazos, Chile es el país en el que quiero vivir y al que quiero aportar. Nos veo como un país desafiado a asumir nuevas condiciones para su desarrollo y bienestar, a adaptarse y reencauzar sus energías, pero tengo fe en que lo lograremos. Considero que lo más crítico para avanzar en una gran épica que no deje a nadie atrás, es lo desconectados que estamos. La baja cohesión social, los índices de desconfianza, con poca credibilidad en las instituciones. Tenemos vacíos de liderazgo en el espacio público, cuesta atreverse a proponer algo distinto y buscar espacios de diálogo. La sensación de comunidad más allá de mi círculo inmediato se ha ido perdiendo, se marca mucho la diferencia entre “los míos y los otros”. Crecí en una zona rural, y extraño esa forma de relacionarse más horizontal, desde lo humano, desde la idea que vamos todos en la misma micro.
¿Por dónde deberíamos avanzar?
Creo que, para conectarnos más, hay una oportunidad muy potente para la sociedad civil y la filantropía. Todas estas son organizaciones que surgen espontáneamente para dar respuesta a problemas de la sociedad y así generan conexión entre personas diversas. Desde sus experiencias diarias cuentan con conocimientos de primera fuente sobre lo que funciona y lo que no, y pueden desarrollar más su capacidad de dialogar con el Estado, las empresas y la ciudadanía, en virtud de una causa común. Desde ahí, creo que, como sector, tenemos una responsabilidad de ejercer ese poder político para dar visibilidad a temas que se van quedando atrás en la agenda pública, pero que si no se atienden, generan más exclusión, injusticia y desafección en las personas.
¿En qué momento te sentiste involucrada con temáticas que son complejas y que han tenido que ver con tu camino profesional?
Vengo de una formación familiar de responsabilidad pública, en el sentido que me inculcaron que las capacidades que uno tiene puede usarlas solo para uno mismo o para otros. Mi mamá es sicóloga y trabajó siempre en entornos de mucha vulnerabilidad y me angustiaba y enrabiaba cuando me contaba las frustraciones de su trabajo. Pero también admiraba sus logros y el cambio que hacía en la vida de sus pacientes. Con el tiempo entendí que, si bien mis talentos no iban por el trabajo directo con niños, sí podía poner mis habilidades más analíticas, más heredadas de mi papá, al servicio de distintos temas o causas, y he tenido la suerte de poder hacerlo durante más de 15 años. Cuando salí de la universidad me fui a trabajar a La Protectora de la Infancia, una organización que en ese momento tenía más de 120 años y era casi desconocida en el mercado, pese a ser una fundación muy grande. Entré desde el área de marketing, donde buscaban a alguien para apoyar el levantamiento de fondos. Al poco andar, mi jefa me mandó a empaparme de historias. “No me sirven sólo los datos del Excel, tienes que saber de qué color son las puertas”, me dijo. Fui a las residencias, a los programas, hablé con equipos, vi de cerca realidades durísimas y también la alegría de los niños en los jardines, el alivio de las familias al sentirse acogidas, los logros de los estudiantes.
En este punto, Emilia cuenta una experiencia que marcó un antes y un después en su vida personal y profesional. Visitando una residencia de lactantes con un grupo de donantes, uno de ellos hizo una pregunta a la directora en voz alta. “Dos niños, de no más de tres años, se pegaron a la pared, bajando la cabecita. Esos niños asociaban una voz masculina a peligro. Esa imagen me quebró. ¿Qué le había pasado a ese niño tan chiquito para que 46 una voz grave lo hiciera querer desaparecer?”, recuerda. Entonces decidió que tenía que aprender más de la niñez. “Estudié políticas públicas para buscar respuestas. Y aunque lamentablemente no hay soluciones perfectas, sí hay caminos que vale la pena avanzar”, agrega.
Sobre la visión de su propio liderazgo, reconoce que no le gusta estar en el centro. “Pero he entendido que hay distintas formas de liderar y que cuando uno tiene la oportunidad de influir, tiene también la responsabilidad de hacerlo bien. El liderazgo no es una cruzada individual, es una construcción colectiva. No es que yo sea ‘la líder’ de nada, pero estoy en una posición desde la cual puedo aportar. Y lo hago porque creo que, entre varios, se pueden lograr los cambios que necesitamos”, señala.
¿En qué estabas cuando llegó la invitación a participar en esta Comunidad de Liderazgo?
Llegó en el momento más oportuno posible. Estaba terminando mi año de aterrizaje en el CEFIS, iniciando una planificación estratégica. Un pocoabrumada por las posibilidades y las múltiples aristas por las que podíamos avanzar, siendo un equipo chico, para cumplir con nuestras tres líneas de acción, financiarnos, ser un apoyo real a las organizaciones que trabajan con nosotros. El entorno ha cambiado mucho en los 10 años desde que se fundó el Centro y necesitamos ajustarnos. Necesitaba intensamente un espacio para “salir al balcón” y compartir esas ideas con otros, para elegir bien qué papel jugar, y tomar nuevas herramientas para esta etapa. Estaba enterada de la primera generación de la Comunidad de Liderazgo y me parecía súper interesante la iniciativa, pero no esperaba que me convocaran.
¿Qué expectativas tenías?
Mis expectativas eran que fuese una especie de taller, un espacio de encuentro con pares, pero fueron absolutamente superadas. Aparte de la riqueza de los contenidos, el trabajo a nivel de grupo fue muy potente. Poder hacer esto con grupo donde casi naturalmente hay una conexión de propósitos, un relacionamiento de lo profesional y desde lo personal, se logró muy bien. Más allá de los aprendizajes técnicos, que nunca están de más, la calidad de vínculos que se fueron generando, superaron cualquier expectativa que tuviese.
¿Con qué sensación te quedas de lo que podría generar esta comunidad?
Creo que nos ayuda a ir desarrollando una mirada de sector, donde no necesariamente todos estamos de acuerdo en todo, pero compartimos un punto de vista y un modelo de operación distintivo en la sociedad. En la sociedad civil tendemos un poco al asambleísmo, a creer que tenemos que estar todos de acuerdo para entonces actuar en bloque. Y nunca vamos a estar todos de acuerdo porque, por definición, la sociedad civil es plural y diversa y nos gusta que sea así. En esta comunidad va surgiendo una visión colectiva de para dónde tenemos que avanzar, que tiene que ver con que las fundaciones se vean a sí mismas como un sector de la sociedad, se posicionen como sector valioso, vocal y activo, con conocimiento experto, y no sólo para lograr su propia sostenibilidad, sino para materializar cambios profundos en el bienestar de la sociedad. No es necesario que estemos de acuerdo en todos los temas. No todos tenemos que ir a todas las peleas, pero sí cuidar la reputación y la legitimidad del sector.
¿Cuál crees que es el rol de la sociedad civil para contribuir a una mejor niñez en Chile?
Más allá de las muchas fundaciones que hacen un tremendo trabajo directamente con la niñez, el total del sector tenemos que mostrar una sociedad donde se puede vivir con sentido, donde todas las niñas y niños se sientan parte, no sólo a futuro sino en el presente. Si no te sientes parte de la sociedad, eres presa fácil de cualquiera que te ofrezca pertenencia, como pasa con los grupos narco o los discursos extremos. En este sentido la sociedad civil tiene un rol muy importante. Ese espacio de visión colectiva, que antes tenía la iglesia o la política, hoy lo puede mostrar la sociedad civil. Mostrar a la sociedad civil como un conjunto, como un espacio de donde la gente se preocupa unos por otros, donde puedes entrar voluntariamente, donde todos tenemos algo que aportar. Mostrar el valor de la cohesión, de la conexión. Tenemos que trabajar fuertemente en ofrecer a la niñez una sociedad inclusiva, cohesionada, con oportunidades de desarrollo con otros y para otros.
¿Cuál es el Chile que te imaginas?
Me gustaría un Chile en el que todos nos sintamos vistos, respetados y valiosos. Que soñemos juntos un país del que todos nos sintamos parte, avanzando y contribuyendo. Un país donde todos somos necesarios y capaces de aportar, desde nuestra diversidad, a una sociedad más humana.
“El liderazgo no es una cruzada individual, es una construcción colectiva”.