Migración
Catalina Bosch
Directora de Organización Migrantas
“Las mujeres migrantes que acompañamos no vienen solo con sus maletas. Vienen con sus hijos, con sus deudas, con sus duelos. Nuestro trabajo es que Chile las vea enteras”.
Tenía 18 años, acababa de llegar de Cuba y no conocía a nadie en Chile, pero fue invitada a dar talleres con niñas y niños en un campamento de Peñalolén. Dijo que sí sin pensarlo demasiado, y continuó asistiendo durante los siguientes cinco años. Hoy, más de tres décadas después, la sicóloga Catalina Bosch es codirectora de Organización Migrantas, que acompaña a mujeres migrantes y refugiadas desde los derechos humanos, el feminismo y el trabajo comunitario, en uno de los contextos más adversos que ha vivido Chile en materia migratoria.
La organización nació hace cuatro años, impulsada por mujeres con años de activismo. Su trabajo es tan amplio como urgente: conectar a las mujeres que llegan con oportunidades de empleo y emprendimiento, acompañarlas en procesos de regularización migratoria, sostenerlas cuando no tienen con quién dejar a sus hijos para salir a trabajar, e incidir directamente en el Congreso para cambiar las leyes que las afectan.
Catalina no eligió este camino por conveniencia. Lo eligió porque lo siente parte de su identidad. Creció en Cuba en una familia marcada por el exilio y el compromiso político —su madre, chilena, llegó al país caribeño durante la dictadura—, y llegó a Chile con una sensibilidad forjada en historias de desplazamiento y resistencia. Hace unos 15 años, cuando comenzaron a llegar a Chile personas del Caribe en condiciones cada vez más precarias, se involucró de lleno. Lo que empezó siendo ayuda humanitaria fue adquiriendo dimensiones culturales, espirituales y políticas. “Por eso nos reconocemos como activistas”, dice, “porque estamos permanentemente en acción, tratando de producir cambios en relación a esos problemas”.
La estrategia que sostiene todo el trabajo de la organización es la construcción de redes. “Pensamos que de manera individual es muy poco lo que podemos lograr”, explica. “Lo que hacemos es tejer redes: con organizaciones, con instituciones, con organismos internacionales, con la academia. Y también promover que las propias mujeres generen redes entre ellas”. Sumar no es suficiente, hay que multiplicar, esa lógica es el corazón de su modelo.
Pero construir una organización así —autogestionada, independiente de partidos y empresas, trabajando un tema que hoy genera rechazo en buena parte de la sociedad chilena— tiene un costo. El clima hacia la migración se ha vuelto más adverso. Las encuestas lo confirman; las vivencias cotidianas de las mujeres que acompañan también. Y en ese contexto, el desafío más urgente de Organización Migrantas era avanzar hacia la sostenibilidad: una estructura más sólida, recursos más estables, un espacio físico propio desde el cual operar.
Fue en ese momento cuando llegó la invitación a ser parte del programa de liderazgo Colunga que está conformando una red de impacto de líderes sociales. Para Catalina, fue la primera vez que tenía un espacio pensado para ella como líder, no solo para su organización. “Nunca había tenido la oportunidad de ser parte de una red de personas con quienes comparto esa sensibilidad y ese compromiso”, recuerda. “Esta comunidad me dio una sensación de contención y de cobijo que no siempre tenemos quienes lideramos desde la sociedad civil”. Parte de ese proceso incluyó una pasantía en España e Italia, que Catalina eligió con un propósito claro: conocer en terreno organizaciones que hubieran resuelto lo que ella todavía tenía pendiente.
En Barcelona, trabajó junto a Mujeres Pa’lante, una agrupación con 20 años de historia, espacio físico propio y líneas de trabajo que van desde una despensa solidaria hasta talleres de costura y apoyo jurídico para la regularización migratoria. “Cuando sea grande, quiero ser como ustedes”, les dijo. Había algo en ellas que reconocía y algo que todavía le faltaba: la solidez que dan el tiempo y la experiencia acumulada. Marchó con ellas la noche del 7 de marzo por las calles de Barcelona en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, participó en conversatorios y talleres, y observó cómo la regularización migratoria que se estaba implementando en España había sido el resultado de años de trabajo articulado entre organizaciones civiles. Exactamente lo que ella quiere construir en Chile.
En Italia, el contexto era más parecido al chileno. Adverso, restrictivo, políticamente complejo para la migración. Pero también encontró señales reveladoras: comisiones de refugio territoriales que permiten incidir localmente, organizaciones civiles fuertemente articuladas, y —como en España y Chile— casi todas sostenidas por mujeres. Volvió con redes nuevas, aprendizajes concretos sobre sostenibilidad organizacional y algo que no esperaba: más esperanza. «Creo que en algún momento vamos a poder estar disfrutando de esos mismos logros acá», reflexiona.
Ese camino de vuelta pasa, ineludiblemente, por las niñas y niños. La mayoría de las mujeres que acompañan son madres, y la maternidad en la migración tiene una forma particular: mujeres que dejaron hijos en sus países con la promesa de traerlos después —promesa que a veces se cumple y a veces no—, mujeres que tienen hijos en Chile pero no tienen redes de apoyo para cuidarlos mientras trabajan, niños que quieren sentirse chilenos mientras el entorno les recuerda que no son de aquí. «Las niñas y niños migrantes no son personajes de estas historias: son protagonistas», dice Catalina.
Por eso Organización Migrantas está desarrollando, junto con Amnistía Internacional y Colectivos Sin Fronteras, el concurso Alas de Papel: una iniciativa para que niñas y niños migrantes tengan voz propia, y para que haya oídos dispuestos a escuchar lo que tienen para decir sobre las historias que los atraviesan.
Catalina Bosch lleva más de 30 años en Chile y nunca ha dejado de activar. Eso que empezó en Peñalolén, con talleres para niños a los que no conocía, hoy tiene la forma de una organización que acompaña a cientos de mujeres migrantes y a sus hijos. Su ambición no es menor: “A pesar de todo lo adverso, que no solo sigamos existiendo, sino que nos desarrollemos y tengamos capacidad de incidir. Que en el horizonte común que construyamos como sociedad también aparezca una lucecita sobre las niñeces migrantes”.
“Las niñas y niños migrantes no son personajes de estas historias: son protagonistas. Son los que quedaron sin su papá, los que cuidan a sus hermanos en casa, los que se sienten chilenos pero a los que la comunidad les dice que no son de aquí”.