Niñez, cuidados y política pública

Publicación

28 de marzo, 2026

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Jorge Rojas
Presidente Ejecutivo de Coaniquem

«Ningún niño y ninguna niña debiera vivir determinado de manera negativa por una quemadura»

El psicólogo Jorge Rojas tenía solo dos años cuando, en 1979, Coaniquem abrió sus puertas. Fue su padre —también Jorge Rojas— médico cirujano, quien tras su experiencia en el área infantil del Hospital Roberto del Río, fundó y lideró la Corporación en Ayuda al Niño Quemado (Coaniquem) junto a otros tres colegas hace casi 47 años. Empezaron en 100 metros cuadrados en Pudahuel, con seis personas y una certeza compartida: “Nosotros estamos convencidos de que ningún niño, ninguna niña, debiera vivir determinado de manera negativa por una quemadura”, dice Jorge. En sus primeros seis años, ya habían atendido a 4.000 pacientes. Hoy, Coaniquem tiene cuatro centros en el país, más de 700 colaboradores y ha acompañado a más de 150.000 niñas y niños de más de 300 comunas. Es, probablemente, el centro con mayor volumen de pacientes con quemaduras infantiles en el mundo.

Durante toda su vida, Jorge fue testigo de sus desafíos, logros y de su crecimiento constante. Él y su familia estuvieron siempre involucrados. Las primeras colectas de la organización estaban a cargo de él y sus hermanos, quienes reclutaban a sus amigos para salir a buscar donaciones. Veía cómo los primeros colaboradores norteamericanos llegaban a cenar a su casa, cuando se comenzó a gestar el programa internacional y buscaban apoyo. “Mi papá los invitaba a comer a la casa y cocinábamos lo más rico posible para que se entusiasmaran”, recuerda. Casi sin querer, se volvió algo familiar, más que por necesidad y falta de personal, por las ganas de ayudar.

Aunque estuvo vinculado desde niño en Coaniquem, para Jorge nunca fue una ambición ser parte del equipo. Su camino profesional comenzó en la psicología, pero pronto se abrió a distintos mundos. Luego de trabajar en consultoría en el sector privado, se trasladó a España, donde se vinculó a proyectos culturales y educativos, desempeñándose como asesor en la Municipalidad de Barcelona y como director ejecutivo de la Fundación Cataluña América. A su regreso a Chile, se integró al ámbito público en el entonces Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, donde fue jefe del Departamento de Ciudadanía y Cultura, jefe de asesores y representante del Estado ante UNESCO. Pero, tras recorrer el mundo privado, público y de la sociedad civil, la vida lo llevó de vuelta al mismo lugar. En 2014 se integró a Coaniquem como gerente, hoy —y desde 2022– es su presidente ejecutivo.

El trabajo de Coaniquem se organiza en cuatro pilares: rehabilitación, investigación, formación y prevención. La rehabilitación es el corazón: niñas y niños menores de 20 años reciben atención en los centros de Antofagasta, Santiago, Concepción y Puerto Montt, con un modelo que integra más de 20 áreas y disciplinas, desde cirugía hasta psicoterapia, con colegio interno y residencia familiar incluidos. “Por definición nuestra, nadie paga en Coaniquem”, dice Jorge. Ni el tratamiento, ni el traslado, ni el alojamiento ni la alimentación. El Estado aporta el 25% del presupuesto —principalmente a través de FONASA, que financia prestaciones de salud—; el 75% restante lo genera la propia institución a través de colectas, 24 tiendas solidarias y socios cooperadores.

La investigación convierte en conocimiento la experiencia acumulada con más de 8.000 casos anuales. Ese saber alimenta programas de formación gratuita para profesionales de salud de Chile y de 20 países de América Latina y el Caribe. Y se vuelca también en prevención: Coaniquem visita cientos de colegios al año presentando al gato Santi, personaje creado para enseñar a niñas y niños a evitar quemaduras, y que cuenta con su propia serie animada. Coaniquem también ha cambiado leyes: regularon el largo del cable de los hervidores para evitar su caída, en el 2000 impulsaron la Ley 19.680 que restringe el uso de fuegos artificiales —uno de los principales motivos de quemaduras—, formaron monitores comunitarios en todo el país, quienes lideran programas de prevención. Los resultados son medibles. “Hicimos un estudio que, proyectado a cifras nacionales, nos dio 162.000 casos de niños con quemaduras al año en Chile en 2008. Lo repetimos 17 años después y el resultado fue 80.000. Hemos logrado reducir las quemaduras”. El desafío ahora es bajar a 40.000. Y después a 20.000.

El primer gran frente pendiente es la capilaridad. Coaniquem ha recibido pacientes de más de 300 comunas, pero aún hay familias —especialmente migrantes— que no saben que existe o que sus servicios son totalmente gratuitos. “Queremos llegar hasta el último rincón para que las familias sepan que pueden venir a Coaniquem, que se les va a tratar con amor y con dignidad, que va a ser completamente gratuito: el traslado, el alojamiento, la alimentación, el tratamiento”. La organización trabaja con una estrategia en cuatro macrozonas y un mapa que monitorea el alcance en cada territorio, el que evidencia la necesidad de expandirse. El segundo desafío es internacional: desde hace 25 años, Coaniquem apoya a fundaciones y hospitales de 20 países de la región a través de programas formativos que la han convertido en un referente en cuanto a rehabilitación de niñez con quemaduras. Ahora la pregunta es si ese programa puede expandirse hacia África e India, su siguiente meta.

Fue en medio de esa exploración respecto a su programa internacional que Jorge llegó al programa de liderazgo Colunga, de la cual ahora es un fellow. “Compartir con otras personas que empujan con tanta convicción sus causas, enfrentando desafíos y sosteniendo sus proyectos, fue muy inspirador. Me renovó la energía y las ganas de seguir haciendo mejor nuestro trabajo”. Gracias al programa, Jorge realizó una pasantía en Madrid y Nairobi. En España se reunió con líderes de fundaciones como Mapfre, Iturri y la AECID, además de expertos en fundraising, con quienes conversó sobre los desafíos globales de la sociedad civil y compartieron experiencias en la recaudación de fondos. En Nairobi, en cambio, fue un viaje hacia lo desconocido. Estuvo con Naciones Unidas, Cruz Roja, el Kenyatta National Hospital —el segundo más grande de África— y con la Fundación Maisha, una organización chilena que trabaja en Kibera, el segundo asentamiento informal más grande del continente. Allí presentó el modelo de Coaniquem, pero también pudo aprender cómo es la situación de la salud en ese territorio. “Pude entender más globalmente lo que está pasando en el mundo en cuanto a salud y sociedad civil, ver otras prácticas de liderazgo y, evidentemente, abrir potenciales colaboraciones futuras. Definir si vamos a dar el paso en nuestro programa internacional a África o no”.

«Fue increíble poder ver otros códigos de liderazgo, otras maneras de trabajar en equipo e interinstitucionalmente», dice sobre esa experiencia. Regresó convencido de que el paso hacia África es posible, aunque aún está por definirse cuándo y cómo.

La pasantía también tuvo una dimensión más íntima. Por primera vez en mucho tiempo, Jorge reconoce que se detuvo a mirar su propio liderazgo: cómo conduce al equipo, cómo enfrenta los desafíos, qué intuiciones tenía sin haberlas articulado todavía. “Uno no se detiene a hacer eso. La agenda siempre está muy llena”, dice. Las sesiones de coaching individual que son parte del programa de formación de liderazgo Colunga le dieron nuevas herramientas que ya está aplicando. Y el contacto con otros líderes que lideran proyectos que están transformando Chile desde lo social y que forman parte de la comunidad —proyectos más pequeños, de otras disciplinas, con desafíos distintos pero también muy parecidos— le devolvió algo que describe como “un nuevo alimento al hambre de hacer algo mejor”.

Esa hambre la conoce de memoria. Es la misma que vio en su padre cuando era niño, la misma que lo llevó a construir desde seis personas y cien metros cuadrados una organización que hoy acompaña a los niños y niñas con quemaduras en casi todas las comunas del país. El objetivo no ha cambiado en 47 años: que ningún niño vea su vida limitada por una quemadura. Que pueda conectarse con su valentía, su familia, su colegio. Que lo que ese niño pueda hacer no se defina por lo que le pasó un día en la cocina de su casa.

 “En 2008 estimamos 162.000 casos de niños con quemaduras al año en Chile. Diecisiete años después, logramos reducirlos a 80.000. El desafío ahora es bajar a 40.000. Y después a 20.000”.