Niñez y cuidados

Publicación

28 de marzo, 2026

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Valentina Peri
Directora ejecutiva de Fundación Casa del Encuentro

“La crianza no puede seguir siendo un asunto que cada uno resuelve solo”.

Días antes de que la Casa del Encuentro abriera sus puertas en La Pintana, en 2014, el equipo —tres profesionales del área psicosocial— salió a repartir volantes puerta a puerta por los pasajes del barrio. En su primer día, las mujeres del sector se asomaban curiosas: madres jóvenes con hijos pequeños, abuelas cuidadoras, mujeres que no tenían dónde ir con sus niños durante las tardes. Recorrían el espacio —amplio, luminoso, con rincones pensados para la primera infancia, distinto a cualquier cosa que hubiera en la comuna— y se quedaban. No eran muchas, pero comenzó a ocurrir algo que Valentina Peri, psicóloga y directora ejecutiva de la Fundación, jamás imaginó. Esas mismas cuidadoras —mujeres en situación de vulnerabilidad, muchas solas, sin redes para sostener la crianza— se llevaban afiches, los pegaban en los almacenes y les contaban a sus conocidas lo que habían encontrado. “Era su forma de decir miren, esto existe, esto funciona, vengan”, comenta Peri. Ese primer año de boca en boca fue la mejor señal de que la Casa del Encuentro respondía a una necesidad que nadie más cubría: la soledad de la crianza en los primeros años de vida y la falta de espacios donde niñas, niños y sus cuidadoras pudieran encontrarse con otros.

La idea surgió en 2013, mientras Valentina acompañaba a mujeres en procesos de inserción laboral en la Fundación Santa Ana. Eran mujeres de La Pintana y comunas aledañas, muchas jefas de hogar, que buscaban capacitarse en oficios. Lo que observó no era falta de capacidades: las mujeres aprendían y avanzaban. El obstáculo era otro. “La principal dificultad tenía que ver con poder transitar desde una posición de cuidadora, de estar ubicada en lo doméstico, a poder enfocarse en su propio desarrollo y ocupar un nuevo lugar social”, dice. Al empezar a separarse, sus hijas e hijos —en su mayoría menores de seis años, al cuidado exclusivo de sus madres o abuelas— reaccionaban con angustia o malestar. “De alguna manera, esto confirmaba la idea de que no podían trabajar porque sus hijos sufrían”, agrega. Esto era una clara señal de la falta de sistemas de apoyo en el cuidado.

La respuesta fue crear un espacio de tránsito: un lugar donde niñas, niños y cuidadores estuvieran juntos, con acompañamiento profesional, para aprender a separarse gradualmente. Así nació la Casa del Encuentro, inspirada en las Maisons Vertes francesas. Hoy, doce años después, el proyecto ha crecido hacia el Núcleo Social para la Niñez y la Crianza, un programa que ofrece atenciones psicológicas gratuitas, actividades comunitarias, un pequeño bosque esclerófilo plantado con técnica Miyawaki —un método japonés que permite crear bosques nativos densos en espacios reducidos y en pocos años, devolviendo naturaleza a una comuna con escasas áreas verdes—, y aloja a la Oficina Local de la Niñez (OLN) de la comuna, un dispositivo preventivo creado por la Ley de Garantías de la Niñez de 2022, que busca detectar tempranamente situaciones de vulneración de derechos antes de que escalen. Que funcione dentro de la Casa del Encuentro —un espacio al que las familias llegan por confianza, no por derivación— es una articulación virtuosa. Pero el nudo que lo originó sigue vigente: familias muy solas, niñas y niños que crecen replegados en sus casas sin interactuar con otros, cuidadoras sin dónde ir. “No puede seguir siendo algo que cada uno resuelve solo”, dice Valentina.

Hay algo biográfico en ese diagnóstico. Valentina creció en el norte de Chile, hija única, con su padre en minería por turnos largos y temporadas extensas sola con su madre, educadora de párvulos. Pero vivía en un barrio con primos, amigos y vida de calle. Esa red fue, recuerda, muy sostenedora. Cuando estudió Psicología, esa experiencia se convirtió en convicción teórica: la comunidad importa. Y cuando en 2020 tuvo a su hija en plena pandemia —encerrada, sin redes, exactamente en las condiciones que llevaba años estudiando— esa convicción se volvió urgencia personal.

“En la pandemia se visibilizó algo que ya ocurría”, dice. “Mujeres que no tenían dónde salir, con más violencias sociales. Y ahí se redobla mi interés y aparece con más fuerza la clave de los cuidados”. No como un problema psicológico individual, sino como un eje de política pública. Ese giro —de lo técnico a lo estratégico— es también lo que describe cuando habla de su liderazgo. Hasta hace poco, se veía como alguien que dirigía un programa, no como quien lideraba una organización con visión de largo plazo.

En eso estaba cuando Fundación Colunga la invitó a ser parte de un programa de Liderazgo que también integran otras 14 mujeres y hombres que encabezan organizaciones de la sociedad civil y que lideran proyectos que están transformando Chile a través de soluciones innovadoras a profundos problemas e injusticias sociales. La idea, junto con crecer en sus liderazgos, es tejer una red entre referentes de distintas áreas para que puedan apoyarse mutuamente y fortalecer al sector. Para Valentina, el valor más concreto estuvo en las personas: directoras de organizaciones grandes y chicas, compartiendo logros y baches. “Las direcciones ejecutivas son solitarias. Tener una comunidad que permita sostener las decisiones difíciles ha sido muy importante para mí”.

En el marco de ese programa se dio una pasantía internacional que Valentina armó junto a Piera Medina, de Fundación Escala Común, a quien conoció en ese espacio. Se habían tenido como referencia durante años, pero nunca habían conversado. Cuando descubrieron que sus campos se cruzaban, juntaron sus mundos: salud mental y bienestar emocional desde Casa del Encuentro; urbanismo y entornos de cuidado desde Escala Común.

En Londres y Brighton, fue a observar cómo funcionan los family hubs —centros comunitarios para la niñez— y cómo se sostienen. Lo que encontró fue desconcertante en el mejor sentido: esos espacios no eran innovación ni experimento, sino parte natural del tejido urbano. “Esto acá es cero innovador”, confiesa. “La idea de los espacios de encuentro para la niñez es parte fundamental de la política pública y de la manera de usar la ciudad”. Volvió con una certeza: Chile tiene políticas públicas —como Chile Crece Contigo— suficientemente parecidas como para que esto sea posible. Lo que falta es valorar lo comunitario, agrupar las prestaciones en un mismo lugar y llevarlas a escala barrial.

Esa es hoy la ambición de Valentina: empujar el propósito más allá de los muros de la Casa del Encuentro. Incidir en políticas públicas, levantar temas, hacer seguimiento a leyes. Cuando se le pide resumir en una frase cómo su trabajo aporta al bienestar de los niños y niñas en Chile, responde sin dudar: “Creando encuentros”.

“Fui a Londres esperando encontrar innovación y lo que encontré fue que los espacios comunitarios para la niñez estaban simplemente instalados en todos los barrios. Chile tiene las políticas públicas para que esto sea posible. Lo que falta es valorar lo comunitario y llevarlo a escala barrial”.