Participación ciudadana

Publicación

27 de marzo, 2026

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Valentina Rosas
Directora ejecutiva de Tenemos que Hablar de Chile y Más para Chile

«Vivimos en un contexto de mucha desconfianza y terminamos impulsando agendas parciales. Nuestro trabajo busca construir la condición previa para que cualquier agenda —también la de la infancia— pueda tener lugar».

Tenemos que Hablar de Chile nació en un momento que nadie planificó. Era octubre de 2019 y las calles de Santiago, Valparaíso y Concepción estaban tomadas por las manifestaciones del estallido social. Pero entre la confrontación y el ruido, algo más estaba pasando: la gente conversaba. En plazas, juntas de vecinos y cabildos autoconvocados, las personas se organizaban y buscaban puntos en común.

Valentina Rosas, cientista política de profesión, venía llegando de completar su máster en políticas públicas en Oxford. Llevaba años trabajando en temas de pobreza y vulneración social, y lo que veía en esos cabildos le parecía poderoso: gente común y corriente teniendo conversaciones serias sobre el país que querían. “Desde nuestro momento más complejo surgió la sencillez de volver a encontrarnos y conversar. Con respeto, con horizontalidad y con propósito”, recuerda.

Con el respaldo de universidades y sesenta organizaciones de la sociedad civil, ese impulso se transformó en un proyecto formal: Tenemos que Hablar de Chile —una plataforma de diálogo y participación ciudadana impulsada por la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica, por la que ya han pasado más de 300 mil personas—. Valentina asumió la subdirección desde el inicio y, con el tiempo, se convirtió en una de sus caras más visibles. Hoy, además, dirige Más para Chile, una escuela de liderazgo democrático enfocada en formar futuras autoridades en la práctica del diálogo político.

La premisa de ambas organizaciones es simple pero ambiciosa: la capacidad de dialogar se aprende, se entrena y se practica. Y en Chile, dice Valentina, hay generaciones completas que salieron del colegio sin educación cívica, que nunca tuvieron una conversación profunda sobre lo que querían para su país. Generar esos espacios de encuentro construye algo que, a su juicio, es la base de todo lo demás: cohesión social.

Si bien Tenemos que hablar de Chile no trabaja directamente con niñas ni niños, el proyecto, explica Valentina, parte de una constatación que sí tiene todo que ver con ellos: en Chile, los niños no existen en el debate público. Le quedó claro cuando durante todo el 2023, en los diálogos que Tenemos que hablar de Chile facilitó a lo largo del país, la infancia no apareció como tema. Ni siquiera la educación. “Los niños quedan invisibilizados en gran parte del debate público”, dice Valentina. “Vivimos en un contexto de mucha desconfianza y terminamos impulsando agendas parciales. El trabajo de Tenemos que hablar… busca construir la condición previa para que cualquier agenda —también la de la infancia— pueda tener lugar”.

A pesar de los logros que ha ido construyendo en su camino, Valentina reconoce que hace un par de años comenzó a sentir que había llegado a un techo. El proyecto que lideraba había nacido empujado por la ola del estallido social y el proceso constitucional, y eso le había dado visibilidad y sentido de urgencia. Pero las olas cambian. “Hoy la ola es seguridad. Quién sabe cuál será mañana”, reflexiona. El desafío de fondo era otro: cómo pasar de ser un proyecto novedoso a una organización que aporte de manera permanente, sin depender de que su tema esté de moda. Le apasionaba lo que hacía, pero reconoce que le faltaban herramientas para gestionar una organización que crecía. “Siempre tuve claro el propósito, pero sí tuve dudas de cómo hacerlo”, admite.

En ese momento recibió la invitación a participar en el programa de la red de liderazgo Fellow Colunga, que reúne a líderes de organizaciones sociales de todo Chile. Para Valentina, fue la oportunidad de detenerse, mirar su organización desde afuera y adquirir herramientas concretas para fortalecerla. Parte del programa incluyó una pasantía en Washington y Stanford, donde pudo conocer organizaciones que trabajan en formación de liderazgos políticos a otra escala, con sus aciertos y errores.

De vuelta en Chile, Valentina dice que algo cambió en la manera en que enfrenta su trabajo. No solo en lo técnico —herramientas de gestión, planificación, estrategia—, sino en algo más personal: una ambición distinta. “No puedo quedarme en aportar un grano de arena. Tengo que aumentarlo, y de manera sostenible, porque los desafíos que enfrentamos son demasiado grandes”.

Esa ambición tiene, para ella, una dirección clara: lograr que los espacios de diálogo que han construido incluyan las realidades que hoy quedan fuera. La infancia es, quizás, la más urgente. Valentina lo dice con franqueza: “Mi trabajo está en contribuir a construir un país que nos incluya a todos, también a los niños. Porque lo que buscamos es ampliar la mirada y generar espacios donde esas distintas realidades se encuentren”.

En un Chile donde la sociedad civil es, según ella, el actor clave entre el Estado y la ciudadanía, el desafío es doble: no solo crear esos espacios, sino sentarse en las mesas donde se diseñan las políticas públicas que afectan la vida de niños y familias. Valentina cree que quienes trabajan en terreno —en salas de clase, hospitales, territorios— tienen la experiencia necesaria para que esas políticas respondan a lo que la gente realmente necesita.

«Los niños quedan invisibilizados en gran parte del debate público. Mi trabajo está en contribuir a construir un país que nos incluya a todos, también a ellos».